Tengo una leve sensación de estar perdido. Y estoy triste, sin querer que la tristeza sea contagiosa. Es una tristeza que sale a veces y nada tiene que ver con nadie más que conmigo mismo. Una tristeza blanca en la que aparecen imágenes del pasado y se borra un poco el presente a la espera de más vida si es posible, o de más luz, o de más brisa, o de más aire que respirar, o de más armonía o besos
Una tristeza capaz de detenerme y esperar a que reaccione, nada dolorosa, pero triste al fin, casi como una lagrima, casi como un sollozo.
Entonces vuelo un poco más alto y dejo que pasen debajo de mis ojos las lagrimas que un día no quise verter y siento que es bueno llorar, dejando salir esos trocitos de mi que me faltan
Algunos lo entienden, otros no. Y aparecen ellos, los que están y los que no. Los que solo me dicen palabras tibias y los que desde lejos me están amando.
A veces la tristeza te concede ese placer, el del recuerdo. Otras te deja desposeído del espíritu que siempre te acompañó y sabes que es mejor el silencio, para no contagiar al mundo, porque el mundo es más vulnerable que tu mismo y es misión particular cuidarlo para poder vivirlo.
Los locos son así, pequeñitos y gorditos, capaces de lo más bello pero también de lo más triste. Es mejor no escucharlos porque son contagiosos y pueden ser dolorosos.