miércoles, 10 de junio de 2009


He recibido el impacto de la luz:
me duelen los ojos,
de mirar afuera los siento irse,
llevarse la fluorescencia y no volver.
Esta pasión por evadirme alcanza el horizonte.
Hay cuerpos celestes sin huellas previsibles
que merman.
Hay hormas de zapato,
fragmentos de inconsciencia,
pecio en superficie,
un punto en la distancia que ahora no recuerdo.
Hay canciones abrasadas,
un acorde menor en tanto grito…
El paisaje se borra:
probable insurrección en las montañas.
Esta pasión, a veces,
alcanza el horizonte.

martes, 9 de junio de 2009


La noche se ha convertido en pretexto para el descanso.

Por encima de la palabrería, del adoctrinamiento convulsivo y las miradas cruzadas. Detrás de justificaciones inadmisibles, de gestos airados y sonrisas vencedoras. Escondidos detrás de los cristales oscuros, sintiéndose invulnerables, señores del poder con cabalgaduras negras.

Más allá queda la noche.

Les he visto reflejados en el espejo de su razón absoluta, indemnes después de la guerra, orgullosos, altivos y complacidos, distorsionando los rayos de sol a través de las cortinas. Absolutismo en forma de medalla. Caníbales de lo incierto. Impregnados sin remedio de su propia baba. Y con ellos se iba, escondida en el bolsillo, la alegría de la primavera junto al mar.

Al fin llegó la noche.

El poeta reservó su verso por no cantar desgracias y ellos, fáciles, interpretaron el gesto desde la perspectiva aguda de lo que necesitan. El poeta, sin embargo, mantuvo su silencio esperando un atisbo de lucidez que no ha llegado. Cabalgaduras negras, riendas bien tensas. La silla de montar pulida en oro con flecos de mentira que nos llegan, siempre y sin remedio, precedidos por trompetas y tambores, galopando a través del noticiero de las ocho o perturbando la calma de lo blanco en diarios matutinos colgados en la acera.

Al fin llegó la noche.

No sienten los poetas necesidad alguna de rastrear su estela. No son ni necesarios. La vida se prolonga más allá de la no vida. Lo han dicho con la boca llena, sin pensar, sin acercarse. Recogieron aplausos, eclipsaron las voces, sentenciaron. Sin apenas tiempo para la reacción se sumergieron en el ego profundo de su autocomplacencia y se vieron grandes, altos, fuertes, invulnerables. Dios les acompaña en su recorrido terrenal, calvario necesario para la salvación eterna, sol radiante iluminándoles mientras se acomodan a la derecha del padre. Muy a la derecha.

Al fin llegó la noche, el reposo, la calma, la oscuridad desde la que nacen los murmullos. La necesidad de silencio, los dedos impregnados de tacto sensible, los ojos que por fin se sienten luminosos. La ausencia de Dios. La noche.

lunes, 8 de junio de 2009


Mucho tiempo sin volver. Desde la distancia lo recordaba poderoso, erguido sobre el horizonte, con la grandeza que lo adorna todo desde la visión infantil. Un árbol desde el que divisar la lejanía o bajo el que cobijarse del sol en el verano. Todos aquellos años ha sido un referente en su periplo por la ausencia.
Recordaba vagamente las caras de sus compañeros mirándole partir con la nostalgia del que queda. Ojos atentos con brillo de inocencia y lágrimas en el vacío. Aquel día habían salido más temprano al recreo. Doña Pilar había accedido a sus peticiones para despedirlo y allí estaban bajo el gran árbol testigo de juegos, peleas, amores, lágrimas… Al pasar junto a ellos se detuvo un momento e incluso es posible que tuviera valor de sonreír, pero entre la tristeza de quedar y la de partir se escondía un miedo infantil a lo desconocido. Ni siquiera la imagen que tenía de la ciudad era real. En la ciudad no encontraría el árbol. Él los miró con calma, preguntándose que pasaría. Ellos callaban y se adivinaba que alguno lloraba en su interior.
En ese breve espacio de tiempo que lleva a la soledad fue capaz de descifrar unos pocos años de vida, los ocho que le separaban del vientre. Visto ahora, con la escasez de recuerdos que le caracterizan, el análisis parece más profundo. Ocho años en los que no puede hablarse de amigos vitales, en los que todo ha transcurrido como por inercia mientras él permanecía oculto en su mundo interior, ajeno a tanta palabra y consejo. Solamente el árbol, los árboles todos podían participar de su energía. A ellos trepaba cada día, perdiendo su ingenuidad entre las ramas, observando como las crías de la tórtola iban creciendo en una proporción tan distinta a la del hombre.
Cuarenta años después siguen las tórtolas creciendo para él y los árboles creando ese paisaje en el que perderse.
Todo este tiempo su horizonte estuvo marcado por el árbol. Su guía era la última rama marchando y regresando, como espejo fiel de su propia existencia. El árbol llenaba su espacio y a veces se confundía con él mismo.
Allí estaba todos los niños, doña Pilar avanzaba unos pasos y le acariciaba el rostro. Las palabras no sonaban, solamente algunas sonrisas inquietas y una mirada entre sanamente envidiosa y expectante teñida de un “yo me quedo”.

domingo, 7 de junio de 2009


Con el tiempo se me han ido apresurando los motivos:
Un escote de mujer,
la niebla lejos, ocultando la mayor,
el barco en puerto y la necesidad.
Este hombre que regresa espera que anochezca
para redimirse a solas del pecado:
Si llueve no hay recuerdos.

sábado, 6 de junio de 2009


Puedo ver las señales si me acerco. El agua refleja siempre lo que no queda. Señales con guirnaldas evocando la fiesta. Azules en descanso. Lentas como el silencio. Y un hombre con sombrero se decide a alzar la mano, sin pregunta.
En aquella calle, aquel día. Resonaban en la piedra acordes sencillos, y una voz se sentaba en el portal cincuenta y tres viendo pasar peatones. Él tenía la seguridad de su silencio invulnerable. Observaba los dedos autónomos, rebeldes. Miraba el movimiento rítmico de su pie e intentaba descifrar el jeroglífico de las palabras. Una joven rubia cruza la calle y todos desvían la mirada. Hay escaparates que sonríen y dependientas amables con zapatos en las manos. Pasteles calientes en la acera de enfrente.
Un invierno frío en una calle fría. Knocking on heaves door. Debería reducir el consumo de marihuana y situarme en un punto transitable. Reconducir las neuronas a la esfera particular diseminándolas por las paredes en busca de algún informe.
24 de enero. Han vuelto a subir decorando la escalera con una A enorme en los rellanos. Una noche con ansias de ave fénix. Kocking. Metálica percusión. Agitación. Mucho silencio.
En aquella calle, en otro día, las palomas sonreían al transeúnte. Se anudaban la corbata para alzar el vuelo justo antes de las seis. Las piedras rebotaban las vibraciones cansadas de una voz poco profunda. El aire como medio de evasión. Knockin on heaves door. El agua refleja siempre lo que no queda.

martes, 2 de junio de 2009


Ahora que no estás me desquitaré y empezaré liberando tus tobillos de su cárcel, de la tela verde y caliente que los cubre y aleja del contacto con el aire. No te darás cuenta porque seré tan suave y sigiloso que apenas notarás un simple cosquilleo. Aprovecharé para sentir la piel, tal vez me aventure hasta las rodillas, tal vez mas arriba. No lo sé. Es arriesgado no saber.
De todos modos me quedaré mirándote a los ojos para ver si tu reacción es de placer, miedo, sorpresa… o no. Si veo que sonríes seré capaz de darte un pequeño beso. Muy pequeño, inapreciable…
Si veo que sonríes me acercaré a ti para sentir tu tacto y luego me despido con una caricia y, en la acera, junto al árbol que espía tu ventana, alzaré la mirada para ver si sigues.


Te veré desnuda, resbalando el agua por tu cuerpo, mirando alto, los ojos cerrados con la humedad inundándote la cara, diminutas gotas que masajean las mejillas, la frente. Que empapan el pelo, que suavizan los labios.
Una gota rebelde se ha quedado prendida en una ceja. Estudia el color de tus ojos y asoma un poco antes de caer sobre el pómulo. Luego se deja llevar por la corriente rozando tu nariz. Desde el labio superior se escurre hacia el lateral, saboreando la comisura que ahora sonríe.
Ante el precipicio de te tu barbilla respira hondo antes de saltar a un cuello hermoso, perfumado, gracioso. Allí descansa protegida, a la sombra. Allí decide recuperar el aliento antes de cruzar el valle apetitoso de tu pecho, flanqueado por dos montañas firmes, suaves al tacto, llenas de flores.
En el valle suspira y desea no seguir, pero un vientre dulce la llama, como la meseta perfecta, el desierto de la dicha, la locura.
Y en el desierto mantiene toda su ilusión firme en busca del oasis. Largo viaje hasta encontrar la vegetación relajante, el frescor necesario de un monte de Venus en auge.
La gota se mantiene alerta, procurando no caer en la cueva del placer. Y la alerta investiga el camino, aquel donde los muslos y el vello se acarician, unas ingles blancas, suaves por las que pasar en silencio, en las que perderse. La caricia húmeda sigue por la piel que se eriza, rodea las rodillas, se detiene, observa la caída y se precipita sobre la plataforma que cubre el dedo gordo del pie izquierdo. De nuevo descansa. Mira hacia el cielo, desde donde la lluvia sigue intensa, la perspectiva cambia. Ahora son imágenes del recuerdo, la nostalgia, la euforia en la quietud.
El bello púbico llamando, el vientre moviéndose al ritmo de una respiración fácil, los pechos mojados, la cara hermosa, el pelo...

Un pequeño salto y ya no está, con su recuerdo ha ido a perderse en la multitud de gotas que llevan al mar. La miran deambular por las alcantarillas y se preguntan el porqué de su alegría.
Solo ella sabe que ha recorrido el mundo más perfecto conocido. Solo ella sabe que la vida era eso, un cuerpo húmedo en la tormenta, un deseo de no olvidar y una sonrisa.

lunes, 1 de junio de 2009


El riesgo presente de la deriva como secuela,
la intuición,
defensa a ultranza de quien aun no responde.
De regreso a mi solsticio
reinvento infancias con charco y bosque
dejando en el pasado los oleos de un secreto
que si no quema invade.
Me quedan los molinos.
Y en ellos desembarco la alergia
para llevarla lejos,
a la posibilidad de naufragio,
a la insurrección voraz,
al mito.